Paulo Freire, el último gran pedagogo
A
menudo se señala a Freire como entre los últimos pedagogos que han analizado la
problemática educativa desde un punto de vista integral.
Muchas
veces se ha mencionado que la alianza entre la Unión Soviética
con Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia en la Segunda Guerra
Mundial era un pacto meramente circunstancial. La convivencia prolongada entre
los regímenes comunistas y democráticos se haría imposible una vez finalizada
la contienda. La "guerra fría" sobre el final de la segunda guerra,
enfrentó así a dos superpotencias: EEUU por un lado y la URSS por el otro.
Durante
esta época (1855-1980 aprox.), el mundo estaba dividido en un sistema bipolar
rígido, en el que no eran admitidas posiciones intermedias, que alineaba a dos
bloques de países agrupados en torno a las potencias imperiales: Estados Unidos
y la Unión Soviética.
El mundo de la posguerra había sido preparado para contemplar la hegemonía de
los tres grandes, pero el agotamiento del Reino Unido y los graves problemas
que le acarreó su proceso descolonizador, le forzaron a descargar
paulatinamente su peso internacional en los norteamericanos, que se
convirtieron así en el contrafrente occidental del bloque soviético.
El
apogeo del capitalismo en Occidente durante el período de la Guerra Fría , coincide
con la mayor oposición al sistema. Durante estas décadas, las desigualdades
reflejadas en sectores marginados del desarrollo capitalista, genera un espacio
propicio para las ideologías revolucionarias que abrigaban la esperanza de
modificar la situación.
De
este modo se encontraban por un lado aristocracias-oligarquías y por el otro,
las masas urbano-campesinas, ambos extremos, enfrentados como consecuencia
natural de la polarización ideológica que caracterizó a este período. Los
conservadores-liberales, se opusieron así a distintos sectores de izquierda de
variado origen, incluyendo a los Sacerdotes católicos tercermundista, Comunidades
cristianas de base, etc.
La
propuesta de Paulo Frerie se alinea en la crítica ideológica al sistema
capitalista y establece las bases para una educación al servicio de la
liberación revolucionaria.
Freire
señala la "deshumanización" como consecuencia de la opresión. Esta,
afecta no solamente a los oprimidos sino también a aquellos que oprimen.
La violencia ejercida por los opresores,
tarde o temprano, genera alguna reacción por parte de los oprimidos, y estos,
generalmente anhelan convertirse en opresores de sus ex - opresores. Sin
embargo, los oprimidos tienen para sí el desafío de transformarse en los
restauradores de la libertad de ambos.
Los
oprimidos son descriptos por Freire como seres duales que, de algún modo
"idealizan" al opresor. Se trata pues, de una contradicción: en vez
de la liberación, lo que prevalece es la identificación con el contrario: es la
sombra testimonial del antiguo opresor. Ellos temen a la libertad porque ésta
les exigirá ser autónomos y expulsar de sí mismos la sombra de los opresores.
De esta forma, debería nacer un hombre nuevo que supere la contradicción: ni
opresor ni oprimido: un hombre liberándose.
Pero
no basta conocer la relación dialéctica entre el opresor y el oprimido para
alcanzar la liberación. Es necesario que éste se entregue a la praxis
liberadora . Cuando más descubren las masas populares la realidad objetiva
sobre la cual deben incidir su acción transformadora, más se insertan
críticamente. Lo mismo sucede con el opresor, el que este reconozca su rol, no
equivale a solidarizarse con los oprimidos, estas actitudes, que en la práctica
se observan en el asistencialismo, no son sino un reesfuerzo de la dependencia,
intentando minimizar la culpa con una conducta paternalista. La verdadera
solidaridad debería expresarse transformándolos a estos como hombres reales
despojados de una situación de injusticia.
La
violencia de los opresores convierte a los oprimidos en hombres a quienes se
les prohibe ser, y la respuesta de éstos a la violencia es el anhelo de
búsqueda del derecho a ser. Pero solamente los oprimidos podrán liberar a los
opresores a través de su propia liberación. Los oprimidos deben luchar como
hombres y no como objetos, este es el descubrimiento con el que deben superar
las estructuras impuestas por la oposición.
En
la educación bancaria la contradicción es mantenida y estimulada ya que no
existe liberación superadora posible. El educando, sólo un objeto en el proceso,
padece pasivamente la acción de su educador. 
En
la concepción bancaria, el sujeto de la educación es el educador el cual
conduce al educando en la memorización mecánica de los contenidos. Los
educandos son así una suerte de "recipientes" en los que se
"deposita" el saber.
El
educador no se comunica sino que realiza depósitos que los discípulos aceptan
dócilmente. El único margen de acción posible para los estudiantes es el de
archivar los conocimientos.
El
saber, es entonces una donación. Los que poseen el conocimiento se lo dan a
aquellos que son considerados ignorantes. La ignorancia es absolutizada como
consecuencia de la ideología de la opresión, por lo cual es el otro el que
siempre es el poseedor de la ignorancia.
De
este modo, a mayor pasividad, con mayor facilidad los oprimidos se adaptarán al
mundo y más lejos estarán de transformar la realidad.
De
este modo, la educación bancaria es un instrumento de la opresión porque
pretende transformar la mentalidad de los educandos y no la situación den la
que se encuentran
Freire
señala sin embargo, que incluso una educación bancaria puede despertar la
reacción de los oprimidos, porque, aunque oculta, el conocimiento acumulado en
los "depósitos" pone en evidencia las contradicciones. No obstante,
un educador humanista revolucionario no debería confiarse de esta posibilidad
sino identificarse con los educandos y orientarse a la liberación de ambos.
Pero
tanto el educador como los educandos, así como también los líderes y las masas,
se encuentran involucrados en una tarea en la que ambos deberían ser sujetos. Y
no se trata tan solo de descubrir y comprender críticamente sino también de
recrear el conocimiento. De esta manera, la presencia de los oprimidos en la
búsqueda de su liberación deberá entenderse como compromiso.
La
propuesta de Freire es la "Educación Problematizadora" que niega el
sistema unidireccional propuesto por la "Educación bancaria" ya que
da existencia a una comunicación de ida y vuelta.
En
esta concepción no se trata ya de entender el proceso educativo como un mero
depósito de conocimientos sino que es un acto cognoscente y sirve a la
liberación quebrando la contradicción entre educador y educando. Mientras la
"Educación Bancaria" desconoce la posibilidad de diálogo, la
"Problematizadora" propone una situación gnoseológica claramente dialógica.
Desde
esta nueva perspectiva, el educador ya no es sólo el que educa sino que también
es educado mientras establece un diálogo en el cual tiene lugar el proceso
educativo. De este modo se quiebran los argumentos de "autoridad": ya
no hay alguien que eduque a otro sino que ambos lo hacen en comunión.
El
educador no podrá entonces "apropiarse del conocimiento" sino que
éste será sólo aquello sobre los cuáles educador y educando reflexionen.
La
educación, como práctica de la libertad, implica la negación del hombre aislado
del mundo, propiciando la integración.
La
construcción del conocimiento se dará en función de la reflexión que no deberá
ser una mera abstracción. El hombre, siempre deberá ser comprendido en relación
a su vínculo con el mundo.
Y
finalmente, Freire señalará que así como la "Educación Bancaria" es
meramente asistencial, la "Educacion Problematizadora" apunta
claramente hacia la liberación y la independencia. Orientada hacia la acción y
la reflexión de los hombres sobre la realidad, se destruye la pasividad del
educando que propicia la adaptación a una situación opresiva. Esto se traduce
en la búsqueda de la transformación de la realidad, en la que opresor y
oprimido encontrarán la liberación humanizándose.
Acción
y reflexión
"Al
iniciar este capítulo sobre la dialogicidad de la educación, con el cual
estaremos continuando el análisis hecho en el anterior, a propósito de la
educación problematizadora, nos parece indispensable intentar algunas
consideraciones en torno de la esencia del diálogo. Profundizaremos las
afirmaciones que hicimos con respecto al mismo tema en "La educación como
práctica de la libertad"
Al
intentar un adentramiento en el diálogo, como fenómeno humano, se nos revela la
palabra: de la cual podemos decir que es el diálogo mismo. Y, al encontrar en
el análisis del diálogo la palabra como algo más que un medio para que éste se
produzca, se nos impone buscar, también, sus elementos constitutivos.
Esta
búsqueda nos lleva a sorprender en ella dos dimensiones —acción y
reflexión— en tal forma
solidarias, y en una interacción tan radical que,
sacrificada, aunque en parte, una de ellas, se resiente inmediatamente la otra.
No hay palabra verdadera que no sea una unión inquebrantable entre acción y
reflexión y, por ende, que no sea praxis. De ahí que decir la palabra verdadera
sea transformar el mundo.
La
palabra inauténtica, por otro lado, con la que no se puede transformar la
realidad, resulta de la dicotomía que se establece entre sus elementos
constitutivos. En tal forma que, privada la palabra de su dimensión activa, se
sacrifica también, automáticamente, la reflexión, transformándose en
palabrería, en mero verbalismo. Por ello alienada y alienante. Es una palabra
hueca de la cual no se puede esperar la denuncia del mundo, dado que no hay
denuncia verdadera sin compromiso de transformación, ni compromiso sin acción.
Si,
por lo contrario, se subraya o hace exclusiva la acción con el sacrificio de la
reflexión, la palabra se convierte en activismo. Éste, que es acción por la
acción, al minimizar la reflexión, niega también la praxis verdadera e
imposibilita el diálogo.
Cualquiera
de estas dicotomías, al generarse en formas inauténticas de existir, genera
formas inauténticas de pensar que refuerzan la matriz en que se constituyen.
La
existencia, en tanto humana, no puede ser muda, silenciosa, ni tampoco nutrirse
de falsas palabras sino de palabras verdaderas con las cuales los hombres
transforman el mundo. Existir, humanamente, es "pronunciar" el mundo,
es transformarlo. El mundo pronunciado, a su vez, retorna problematizado a los
sujetos pronunciantes, exigiendo de ellos un nuevo pronunciamiento.
Los
hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la
acción, en la reflexión.
Mas
si decir la palabra verdadera, que es trabajo, que es praxis, es transformar el
mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los
hombres. Precisamente por esto, nadie puede decir la palabra verdadera solo, o
decirla para los otros, en un acto de prescripción con el cual quita a los
demás el derecho de decirla. Decir la palabra, referida al mundo que se ha de
transformar, implica un encuentro de los hombres para esta transformación.
El
diálogo es este encuentro de los hombres, mediatizados por el mundo, para
pronunciarlo no agotándose, por lo tanto, en la mera relación yo-tú.
Ésta
es la razón que hace imposible el diálogo entre aquellos que quieren pronunciar
el mundo y los que no quieren hacerlo, entre los que niegan a los demás la
pronunciación del mundo, y los que no la quieren, entre los que niegan a los
demás el derecho de decir la palabra y aquellos a quienes se ha negado este
derecho. Primero, es necesario que los que así se encuentran, negados del
derecho primordial de decir la palabra, reconquisten ese derecho prohibiendo
que continúe este asalto deshumanizante.
Si
diciendo la palabra con que al pronunciar el mundo los hombres lo transforman,
el diálogo se impone como el camino mediante el cual los hombres ganan
significación en cuanto tales.
Por
esto, el diálogo es una exigencia existencial. Y siendo el encuentro que
solidariza la reflexión y la acción de sus sujetos encauzados hacia el mundo
que debe ser transformado y humanizado, no puede reducirse a un mero acto de
depositar ideas de un sujeto en el otro, ni convertirse tampoco en un simple
cambio de ideas consumadas por sus permutantes.
Tampoco
es discusión guerrera, polémica, entre dos sujetos que no aspiran a comprometerse
con la pronunciación del mundo ni con la búsqueda de la verdad, sino que están
interesados solamente en la imposición de su verdad".
(FREIRE,
Paulo:(1999) Pág. 99, 100 y 101.)
Yno
podemos dejar de recordar que para Freire, la palabra tiene dos fases
cosntitutivas indisolubles: acción y reflexión. Ambas en relación dialéctica
establecen la praxis del proceso transformador. La reflexión sin acción, se
reduce al verbalismo esteril y la acción sin reflexión es activismo. La palabra
verdadera es la praxis, porque los hombres deben actuar en el mundo para
humanizarlo, transformarlo y liberalo.
Bibliografía
general:
Freire
Paulo, Pedagogía del Oprimido, Editorial Siglo Veintiuno, México 1999
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